Archivo del Autor:
¿Para qué existen los partidos políticos?
Edward Bloom dice en Big Fish que, cuando vayas a contar algo, “no deberías empezar con una pregunta, porque la gente intenta contestar las preguntas”. Así que yo debería haber titulado esta entrada algo así como “Lo fascinante de los partidos políticos es que…”.
Pues bien, lo fascinante de los partidos políticos es que las anécdotas más insignificantes te dicen mucho más que las palabras grandilocuentes de los mítines o los programas electorales. O eso es lo que voy a intentar demostrar a continuación. ¿Cómo? Pues a través de un par de anécdotas:
Mi prima pertenece a las Nuevas Generaciones del Partido Popular. Naturalmente, esto no tiene nada de malo. Un día, discutiendo amistosamente sobre la bondad o no de que los partidos tengan “juventudes”, me dijo algo que jamás diría un alto dirigente de uno de esos partidos pero que, tal vez precisamente por eso, encierra una gran verdad: “Tienes que demostrar que eres útil para el partido”. Simple, conciso, claro. Mi prima no lo dudó ni un momento, no vio nada malo en ello. Sin duda porque lo ve como algo natural. Es así: los grandes partidos necesitan ver si la gente joven que se les acerca puede serles de utilidad. ¿Y cómo lo prueban? Pues como se ha hecho toda la vida: encargándoles todo lo “encargable” y más, para que las altas esferas del partido no tengan que mover un dedo y puedan relajarse en sus bien merecidas poltronas. Como los becarios, pero sin ver un duro. Restan dos posibilidades, que se harten de pringar y se larguen con la misma fuerza con la que llegaron, pero sin ninguna confianza en el sistema; o que traguen con carros y carretas para seguir formando parte de eso, con la esperanza de que algún día se fijen en ellos para “algo más”.
Pero en esas altas esferas nadie cuenta todo eso, porque saben que no debería ser así. Porque los miembros de un partido deberían trabajar para los ciudadanos, no para el partido. Sólo alguien que, como mi prima, aún no esté corrompido por el ansia de poder puede ser tan inocente como para creer que no hay nada de malo en ello, cuando en el fondo está atentando contra la esencia de la democracia. Tal vez os parezcan fuertes mis palabras, pero no pienso desdecirme. Eso no es democracia, es otra cosa.
Otra anécdota la protagonizó la excandidata a encabezar la lista del PSOE a la Comunidad de Madrid, Trinidad Jiménez, cuando empezaba el revuelo por las “primarias“. En oposición a Gómez, la entonces futura exministra vino a decir algo así como que ella debía ser la cabeza de lista porque al ser más conocida tenía más posibilidades de ganar, y “ésa es la principal tarea de los partidos políticos, ganar elecciones”. Cuando escuché esto sentí mucho más asombro que durante la charla con mi prima, pues me parecía inconcebible que una persona con su experiencia política pudiese utilizar abiertamente semejantes términos. Confío plenamente en que los que estáis leyendo estas líneas comprendáis mi desconcierto. Cómo es eso de que los partidos están para… ¡ganar elecciones! Yo habría jurado que estaban para representar a los ciudadanos, para buscar lo mejor para todos: el bien común, o como cada uno quiera decirlo; como cantaba Labordeta, “esa gran utopía, la fraternidad”.
Así pues, esto no es sólo un desliz de una chica joven que no hace tanto que comenzó con gran ilusión su andadura en un partido político para hacer su contribución a la sociedad. No. Es que los partidos viejos ya ni siquiera se molestan en enmascarar sus verdaderas intenciones. Sus conciudadanos les importamos un pimiento. Lo único que les preocupa es seguir donde están y, si acaso, trepar un poco más alto. Y, por si algún ingenuo lo dudaba, ahora ya lo dicen abiertamente.
