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No es otro artículo sobre el bicentenario de la Constitución de Cádiz

Este año la primera carta magna que tuvo España, la de 1812, cumple dos siglos. La Constitución llamada de Cádiz no estuvo mucho tiempo en vigor, pues Fernando VII la rechazó en cuanto llegó a España, y sólo la acató al no tener más remedio entre 1820 y 1823. Pero su importancia radica en que fue la primera promulgada en nuestro país, y una de las más avanzadas de la época.

Muchos son los homenajes que se van a hacer a lo largo de 2012 sobre este texto, pero aquí nos limitaremos a comentar algunos fragmentos curiosos o interesantes para una lectura actual. Vayámonos por ejemplo al artículo 6, que dice que “El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser justos y benéficos”. Es bastante chocante para la mentalidad actual que se conciban como obligaciones cosas como el ser justo, benéfico o amar a la patria. Son cualidades difíciles de medir y de comprobar. ¿Os imagináis el debate de aquellos “padres de la constitución” en torno a este artículo en concreto?

Otro ejemplo de artículo anacrónico sería el 12: “La religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera.”. No se contentan con establecer la religión católica como oficial, ¡sino que lo hacen a perpetuidad! Suponemos que los redactores del texto habrían recibido algún tipo de revelación celestial, si estaban tan seguros como para proclamarla como única verdadera.

En el artículo 13 podemos leer que “el objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad  política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”. Casualmente varios usuarios de Territorio Magenta debatieron recientemente si el Estado debía tener como objetivo procurar la felicidad a los ciudadanos, o la debe buscar cada uno por sí mismo. Parece que en las Cortes de Cádiz lo tenían bastante claro.

Por último hay que hacer referencia al complejo sistema electoral que establecía la Constitución de 1812, con elecciones de compromisarios desde el ámbito más local, las parroquias, donde unas decenas o cientos de personas elegían a los electores que les representarían en la siguiente instancia para finalmente conformar las Cortes unicamerales. Un método que recuerda por ejemplo a los caucus actuales de las primarias en EE.UU. Quien esté interesado puede ver aquí, a partir del artículo 34, la descripción del sistema en su texto original.

Todos estos anacronismos no deben alejarnos de una visión de la Constitución de Cádiz como un texto enormemente liberal para principios del siglo XIX. ¿Qué opinarán los españoles  del año 2178, si es que existen, de la Constitución de 1978?

 

El partido de Pablo Iglesias

El 2 de mayo de 1879, un grupo de intelectuales y trabajadores fundaban en Madrid el Partido Socialista Obrero Español, en un contexto de bipartidismo institucionalizado, marginación mediática y social hacia cualquier opción que se saliera de la norma, mucho más feroz e inquebrantable que en la actualidad.

En las primeras elecciones a las que se presentó el PSOE sacó un único escaño. Fue el de su fundador y presidente Pablo Iglesias, que se tuvo que enfrentar en el parlamento a una mayoría abrumadora de los partidos liberal y conservador. Estos dos partidos, auténticos amos de la seudodemocracia que se había instaurado en España para acabar con la inestabilidad política, se turnaban en el poder de una manera totalmente concertada en un sistema en el que ambos partidos se necesitaban mutuamente para asegurar sus cuotas de poder. La injusta ley electoral hecha a su medida y el caciquismo imperante por todo el territorio español ponían el cerrojo a este turnismo.

Estos grandes partidos, junto a la incipiente prensa de la época controlada por ellos mismos, despreciaron al PSOE y a su único diputado Pablo Iglesias. Le acusaron de radical, de peligro para la democracia. Quizá argumentaban que el PSOE era una plataforma personalista de su fundador, llamándolo “el partido de Pablo Iglesias”. Quizá le tildaron de oportunista, de decir lo que las masas querían oír. Realmente vieron con miedo cómo ese movimiento iba creciendo desde abajo y no desde arriba (como los partidos de notables que eran ellos), haciendo política en la calle, interesándose por los problemas de la gente.

En las elecciones de 1918, tras una época de fuertes protestas y movilización social, “el partido de Pablo Iglesias” logró sumar otros cinco escaños, confirmando su ascenso imparable. Ese mismo año logró su primera alcaldía, en un pueblecito andaluz. Los partidos tradicionales se mostraron cada vez más incapaces de controlar a una ciudadanía que no se sentía representada por ellos ni por el sistema imperfecto que habían montado. Lo que pasó después todos lo sabemos. En 1931, con la proclamación de la República, se sustituyó la ley electoral por una más representativa y que acababa con los caciquismos. “El partido de Pablo Iglesias”, ya sin él, ganaba las elecciones. ¿Os suena de algo?

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