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Analogías curiosas: cuando la política funciona tan mal como un mal mercado

Un mercado es una “especie de cosa” donde se da un cruce de gente que demanda algo y otro grupo que lo oferta. Puede ser ese un mercado de productos de lo más cotidianos, pero también puede ser que haya gente que demande ideas y otros que las ofrezcan y que la gente “compre” las ideas que más le convenzan, las que considere más cercanas a su realidad.
En las interacciones entre seres humanos en este mercado surgen problemas y pueden pasar muchas cosas. Puede ser que apenas nadie ofrezca nada de lo que el resto demanda, que estemos ante un monopolio, un duopolio o un oligopolio, que no es más que decir que no sería nada difícil que nos ofreciesen algo que nos guste más y a un mejor precio, pero no lo hacen, nadie lo ofrece ¿por qué? ¿es que nadie puede? Resulta que cuando un conjunto de gente ofrece algo en venta nadie quiere ni cobrar menos por cada producto a vender ni tener menos clientes a los que vender porque se vayan a la competencia -y por tanto ganar todavía menos-.
¿Cómo se llega a esa situación de ausencia de libre mercado entonces? Hablar de por qué no se da el libre mercado es hablar de qué hace falta para que se dé. Estas ideas no sólo se aplican a los mercados que todos conocemos, se aplican en muchos ámbitos, como el de la política, en el que me voy a centrar.
Voto inútil
Se habla a menudo de la utilidad de un voto. Que si un solo voto no vale nada, que si vale más un voto que otro al aplicar la ley electoral, que si es preferible votar a quien mejor te representa antes que a quien más posibilidades tiene de obtener escaño…
No es mi intención posicionarme ahora sobre qué votos son útiles, sino señalar un tipo frecuente de voto completamente inútil.
Históricamente, una gran cantidad de electores ha dado su voto a uno de los grandes partidos —a nivel nacional, regional o local— para evitar que gobernara el otro. No obstante, en ocasiones algún partido pequeño logra convencer a suficiente gente del error que supone formar parte de las fuerzas que balancean el péndulo de izquierda a derecha en la única dirección permitida sin pensar en frenarlo ni alterar en nada su movimiento.
Se logra así que la gente comprenda el valor de la pequeña bisagra, que completa la puerta y puede hacer que toda ella gire en el sentido deseado.
Pero, cuando esto ocurre y aparece ese pequeño partido en un parlamento fragmentado donde nadie goza de una mayoría suficiente, puede ocurrir que no esté a la altura de su particular victoria y caiga en el mismo error que había recriminado a sus potenciales votantes en elecciones anteriores. Es decir, puede ser que apoyen a uno de los grandes partidos para evitar a toda costa que gobierne el otro, sin pedir nada a cambio. Esto supone transferir todos los votos del pequeño al grande, convirtiendo el voto de sus electores en inútil, como si realmente estos hubieran otorgado en las elecciones un cheque en blanco a un gran partido movidos por el rechazo hacia el otro.
Lo normal en un partido pequeño es que trate de rentabilizar sus pocos escaños, vendiendo caro su apoyo en cuestiones que no entren en contradicción con su programa a cambio de los puntos fundamentales del mismo. Se puede discutir hasta dónde puede llegar la exigencia de un partido: si debe poner un precio mínimo en la subasta y abstenerse si nadie lo paga o, por el contrario, abrir las pujas sin mínimo alguno para apoyar al mejor postor (aquél que acate un trozo mayor del programa, en cantidad o importancia).
Lo que no se puede discutir es que para que una subasta funcione y se obtenga el mejor precio posible es necesario que haya más de un postor. Es decir, el partido “bisagra” no puede anunciar de antemano que dará su apoyo a un partido concreto —excluyendo cualquier otra posibilidad— porque entonces no habrá competencia y éste no tendrá la necesidad de ofrecer nada.
Por eso mismo esta actuación convierte los votos recibidos en inútiles e indistinguibles de aquellos otorgados directamente al mayoritario al que se ayuda (puede que incluso, por efecto de la ley electoral, hubiera sido más útil para los votantes haber apoyado directamente a ese partido en vez de dividir sus votos). Y además de ser inútil esta conducta es injusta. No sólo se apoya gratuitamente a un partido, sino que se rechaza todo lo que otro ofrezca por mucho que esto sea o se rechaza una abstención en igualdad de condiciones —que los demás tampoco ofrezcan nada.
Creo que nadie dudará de que conformarse con lo que el gobernante quiera darte, después de asegurarle la presidencia y apoyo estable, no es una sagaz negociación sino una ridícula mendicidad. Es como si el panadero regalara el pan y luego aceptase “la voluntad”, en vez de establecer un precio suficiente de antemano. Y si hablamos de un bien escaso, como sin duda lo es el apoyo del único partido que puede hacer que gobierne uno u otro, la forma más “lucrativa” de negociación es la subasta.
Kafka y el súbdito más distante del poder
Dentro del relato sobre ‘la edificación de la muralla china’ me encuentro de buenas a primeras con una parábola que sólo ocupa un párrafo. Kafka la expone después de escribir que los cortesanos del emperador son ‘maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores; el contrapeso del poder[...]. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se tambalea; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor’. Es por esto que nos podemos imaginar a un emperador moribundo que tiene que dar un último mensaje y que no puede confiar en ninguno de los cortesanos que lo miran compungidos mientras se frotan las manos. ¿A quién se lo dará? Kafka responde:
“El emperador -así dicen- te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte -todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio-, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; el hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud: cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácil que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, como volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios: y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio: y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta -pero esto nunca, nunca podría suceder- todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche.”
La calidad literaria está fuera de toda duda, cómo no pensar en ese mensajero señalando el signo del sol, pidiendo respeto y espacio para continuar su camino sin abrir la boca, ante unos cortesanos que se mueren de rabia porque el mensaje, ¿ser el futuro emperador quizás?, no es para ellos. Cómo no pensar en ese camino interminable de escaleras, plazas, patios, palacios y gentío, ese mundo inabarcable. ¿Y qué me decís del cierre? ‘Pero tú [que bien podrías ser el nuevo emperador] te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche’. ¿Podría sentarse el emperador junto a su ventana, cualquier noche, sin tener metida la nariz de algún adulador venenoso en cualquier parte, sin tener una multitud de ojos clavados en la nuca? Por eso el final sería el mismo si Kafka nos dijera: ‘Pero tú eres libre’.
Me vienen un par de cosas leyendo este relato. Lo poco que nos podemos fiar de los aduladores, acabarán tirando las paredes para vernos morir. Es mejor, sin duda alguna, confiarle un secreto a un hombre libre. También nos habla sobre la lejanía que existe entre los que gobiernan y su pueblo. En este sentido Kafka hace un diagnóstico prematuro de nuestros días: es pisar moqueta, enchufarse la corbata y subirse al coche oficial, sentirse emperador auténtico, y ver a los ciudadanos como sombras que han huido a la más distante lejanía, microscópicas ante el sol imperial.
¿Proporcionalidad o austeridad?
Quiero plantear, por un lado, una reclamación constante por parte de la sociedad española y de aquellos partidos castigados por la ley electoral imperante. Se trata de la falta de proporcionalidad que origina dicha ley en la representación política a partir de los resultados electorales. Este déficit tiene varios orígenes, pero el más acusado es sin duda la circunscripción provincial, que en el caso de las provincias poco pobladas, produce este efecto. Una de las soluciones que mejoraría esta proporcionalidad, sin cambiar las circunscripciones, sería el aumento del número de diputados en el Congreso. Lógicamente, con mayor número de diputados mayor proporcionalidad.
Sin embargo, otro clamor de la ciudadanía es el comportamiento de la clase política, más aún en un contexto de crisis económica extrema. A los incesantes casos de corrupción que se van dando a conocer cada día, tenemos que sumar la sensación de que los políticos tienen elevados sueldos, trabajan poco, y cuando toman decisiones lo hacen de espaldas al pueblo, con quienes han perdido todo contacto desde las elecciones.
De esta manera, cuando se planteó la ampliación del número de parlamentarios, de 109 a 135, en Andalucía, puesto que el ratio por habitantes se había quedado desfasado, el líder regional del PP Arenas se quejó, argumentando que ningún parado -en Andalucía hay muchos-, le había planteado semejante demanda.
¿Cómo podemos conciliar estas dos tendencias, aparentemente incompatibles? Para centrar el asunto, si lo llevamos a un extremo, para obtener un máximo de proporcionalidad, podríamos hacer un parlamento de 1000 diputados, con circunscripción nacional, y sin barreras de entrada, donde con un 0,1% de votos se conseguiría un diputado.
Por otro lado, llevando al extremo la austeridad, cerramos el Congreso y el Senado, en este segundo caso no se notaría gran cosa, y gobernamos a golpe de decreto desde el gobierno. Así nos ahorramos toda la dotación económica destinada a las cámaras.
Voy a proponer una solución completamente distinta que cubre ambas posibilidades. En primer lugar, vamos a fijar dos conceptos, ¿cuántos parlamentarios son necesarios para llevar a cabo la tarea rutinaria, plenos, comisiones, etc.? Digamos que 100.
¿Cuántos parlamentarios serían necesarios para mejorar la proporcionalidad de los partidos minoritarios? Digamos que 500.
Entonces creemos la figura del voto parlamentario, en lugar del diputado. Para ello, los resultados de las elecciones los calculamos en función de 500 representantes con una ley electoral que no voy a discutir aquí. Pero en la realidad, sólo ocupamos 1 puesto en el parlamento por cada 5 obtenidos. Si un partido obtiene 200 votos parlamentarios, sólo acuden 40 diputados, si uno obtiene 10 sólo acuden 2. Para los partidos muy minoritarios se puede redondear al alza para que al menos tengan un representante si sólo han obtenido 2 ó 3 representantes.
A la hora de las votaciones es muy sencillo, en el fondo se haría lo mismo que se hace ahora, el jefe de cada grupo parlamentario vota y su voto vale por todos los votos parlamentarios que su grupo obtuvo en las elecciones. Por ejemplo, si el PP obtuvo 250 votos parlamentarios, tiene 50 parlamentarios -enorme ahorro para las arcas- y a la hora de votar, 1 sola persona de su grupo lo hace, por valor de 250 votos.
¿Qué perjuicio hay? Con la disciplina de voto imperante en todos los partidos, ¿para qué sirve que 350 señorías accionen a la vez el botón electrónico del voto, si dentro de cada partido todos votan lo mismo? Basta con que uno solo lo haga. Y para discutir y debatir en el parlamento, con 100 diputados en total nos basta, ahorramos en sueldos, dietas y gastos varios, y los ciudadanos más contentos por partida doble.
La abstención no es negativa
Normalmente cuando se dan los resultados de unas elecciones se habla sobre el dato de la participación. Se comenta si es alta, si es baja, su variación respecto a otros años, etc. No obstante, lo más común es que en caso de que la participación sea considerada baja siempre se suele tomar como un dato negativo.
Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿Debemos fomentar una participación alta del electorado aunque haya mucha gente que no tenga ni idea de lo que está votando? El dato de participación debería ser tomado como un dato aséptico, ni positivo ni negativo. En unas elecciones, ya no sólo me refiero a elecciones políticas, se debe ejercer el derecho al voto con responsabilidad. Antes que nada uno se debe informar de qué es lo que se está votando. Una vez informado al respecto, se deben conocer y valorar las diversas opciones que se ofrecen. Y si no se está dispuesto a hacer el esfuerzo de informarse, lo mejor es abstenerse. De acuerdo, puede que usted, que está leyendo este artículo, sí que cumpla las condiciones para un voto responsable, pero es que este texto va dirigido principalmente a un sector de población que seguramente jamás se topará con este escrito.
No quiero que se tome esto como una crítica hacia aquellas personas que no están interesadas en la política. Nada más lejos de la realidad. Considero que es una actitud completamente lícita. Cada uno tiene sus intereses personales y nadie tiene el derecho de entrometerse en ellos.
Para ilustrar mi posición, me gustaría poner un ejemplo. Imaginemos que estamos en una comida familiar y se decide cocinar una tarta de manzana. En la reunión tenemos a la abuela Encarni (ama de casa), a su marido Facundo (obrero jubilado), al hijo Pepe (chef de cocina), al hijo Manolo (ingeniero aeronáutico), a la hija María (jueza), al nieto Javier (estudiante de medicina), a la nieta Mónica (secretaria) y al vecino de enfrente Chen (dueño de un bazar). Ahora se dice que hay que decidir por votación la cantidad de ingredientes que hay que comprar. Normalmente no se haría así, pero es simplemente para ilustrar el ejemplo. Encarni y Pepe tienen conocimientos avanzados de cocina, Javier y Chen tienen conocimientos medios, y el resto no tienen ni idea de cómo hacer una tarta de manzana. Lo lógico sería que votasen Encarni, Pepe, Javier y Chen, y los demás se abstuvieran. ¿No es así?
En política lo que se promueve y lo que se fomenta es que Facundo, Manolo, María y Mónica, que no tienen ni idea de hacer tartas de manzana, decidan al respecto de la elaboración de ésta. Y no, no estoy sugiriendo que haya que cercenar el derecho de voto de estas personas, simplemente defiendo que no hay que promover que la gente vote, lo que hay que promover es que la gente se interese por la política y se informe al respecto. En lugar de gastar el dinero que se gasta en campañas institucionales en tiempos de elecciones fomentando la participación, se debería invertir en hacer llegar la política al ciudadano, en hacerles a éstos participes de ella, y en conseguir que la política cree un interés genuino en estas personas.
¿Cuántos de los que votaron en las últimas elecciones sabrían nombrar cinco partidos políticos dando una pequeña descripción de cada uno de ellos? Podríamos discutir sobre las estimaciones que daríamos, pero creo que en lo que coincidiríamos una mayoría de nosotros es que no sería un porcentaje muy elevado. ¿A quién le interesa que esta gente siga votando? A los mismos que han convertido las campañas electorales en meros productos de márketing. Aquéllos que pueden permitir pagarse enormes campañas con el dinero público de las subvenciones. Es la pescadilla que se muerde la cola, tengo mucha representación porque consigo muchos votos en las urnas, y consigo muchos votos en las urnas porque tengo mucha representación y por consiguiente me he podido pagar una fastuosa campaña de publicidad.
Algunos contraargumentarán al respecto que si hay poca participación la legitimidad de los resultados no sería la misma. Ese argumento es fácilmente desmontable con esta pregunta. ¿Quién tiene más legitimidad, aquél que ha ganado unas elecciones con el 20% de participación pero todos ellos sabían muy bien lo que estaban votando o el que las ha ganado con un 60%, de los que un gran porcentaje ha votado a unas siglas simplemente porque es lo que ha visto en los medios de comunicación y en las vallas publicitarias? Yo diría incluso que los segundos han corrompido el espíritu de la votación.
En conclusión, hace falta sentido común y humildad entre la gente. La humildad necesaria para admitir que si no tienes los conocimientos suficientes al respecto de un campo lo mejor es tener el sentido común y la responsabilidad de saber inhibirse uno mismo por propia voluntad. Porque si no la tarta de manzana tendremos que tirarla a la basura.
PD: Si alguien opina que esta entrada es contradictoria con el último artículo que publiqué en Vía Magenta, por favor, que se relea todo desde el principio porque significaría que no ha entendido nada.

Grados de democracia
Hace un mes celebramos el día de la vigente Constitución Española, la norma más importante de nuestra democracia. Pero al mismo tiempo que celebramos la democracia, debemos recordar que existen grados de la misma, y no estamos en el más elevado. Es una triste realidad que hay que admitir, pues nos faltan dos cosas mínimas: separación de poderes y poder último del pueblo sobre cualquier líder. No está reñida la autocrítica con disfrutar lo que se tiene.
[Excluiré de mi análisis al jefe de Estado, ya que en España su figura carece de poder y tiene un carácter meramente representativo]
Existe un parlamento que ejerce el Poder Legislativo. Este órgano se divide en Congreso y Senado, aunque hay que aclarar que quien lleva la iniciativa y el peso de la legislación es el Congreso, mientras que el Senado se limita a vetar o enmendar las leyes —aunque con escaso poder, ya que necesita mayoría absoluta, y con esa misma mayoría el Congreso levanta el veto o veta a su vez cualquier enmienda hecha por el Senado.
En este punto habrá quien diga que no siempre hay mayoría absoluta. Pues se equivoca, siempre la hay: si no la logra un solo partido, la logra una coalición o de lo contrario no se puede generar gobierno. Hasta la fecha, la experiencia nos dice que la segunda opción es aún peor, ya que además de gobernar a su manera, el partido mayoritario paga un “peaje” a los partidos bisagra que completan la coalición.
Por todo lo dicho hasta ahora argumento que, en la práctica, únicamente el Congreso ejerce el Poder Legislativo.
Además, debido a la disciplina de voto y al funcionamiento interno poco democrático de los partidos políticos, acaba siendo el líder del partido (o a lo sumo la junta directiva del mismo) quien controla las acciones de sus miembros en la cámara y por ello pasa a ser una o pocas personas quienes hacen uso del Poder Legislativo, más que la cámara en sí.
El presidente del gobierno es elegido y depuesto por el Congreso y ejerce el Poder Ejecutivo. Por tanto el Congreso también ocupa el Poder Ejecutivo.
El Fiscal General del Estado es nombrado y depuesto por el Gobierno, a placer.
El Defensor del Pueblo es nombrado por el Congreso.
El Consejo General del Poder Judicial consta de 21 miembros, elegidos 10 por el Congreso, 10 por el Senado y el que falta es elegido por el propio Consejo de entre los jueces del Tribunal Supremo que pasa a presidir ambas instancias.
Por último, el Tribunal Constitucional —auténtico tribunal Supremo, pues cualquier decisión del Supremo se puede apelar ante el TC, si a este último le parece oportuno— consta de 12 miembros elegidos de este modo: 4 los nombra el Congreso, 4 el Senado, 2 el Gobierno y 2 el CGPJ (que ya hemos dicho que estaba politizado).
Obsérvese que no queda ni una sola de las “sagradas instituciones” que no esté a las órdenes del Parlamento (o haya sido nombrada por éste), y especialmente del Congreso. Si bien es verdad que en los nombramientos que realizan el Congreso y el Senado se necesitan hasta 3/5 de la cámara (60%).
Ahora trataré el segundo tema: que los gobernantes no tienen plena legitimidad y, en cuanto son elegidos, pueden hacer prácticamente lo que sea.
Ya hemos hablado del TC, y la consecuencia de que esté completamente politizado es que el presidente, los diputados de su partido (que están a sus órdenes) o algún otro poderoso personaje podría saltarse la Constitución cuando quisiera, porque la palabra de ese tribunal es inapelable y aunque te declare culpable no te puede condenar a nada (no hay penas por violar la Constitución si otras leyes menores no la fijan). Por supuesto, estoy poniendo un caso extremo de corrupción masiva, hasta el punto de que se decida legalizar el robo de las arcas públicas, por ejemplo.
El Congreso, que tiene (casi) todo el poder es elegido de un modo peculiar que tiene dos problemas:
1. No hay proporcionalidad: algunos pueden obtener más escaños que otros, con menos votos.
2. No eliges a candidatos concretos dentro de un partido, sino a una lista bloqueada.
De este modo el líder del partido que tenga mayoría absoluta en el Congreso, con o sin pactos, tiene el poder absoluto, no por ser presidente del gobierno, sino por dirigir el partido mayoritario en la cámara, como ya he señalado antes.
Añado ahora que, según la Constitución Española de 1978, si se recoge 1 millón de firmas el Congreso discute si se celebra o no un referéndum, y en qué términos lo celebra, de lo que se pedía con las firmas, aunque de entrada no se puede pedir referéndum para reformar la Constitución, ni un estatuto, ley orgánica… Es decir, nada de lo importante. Por otro lado, aclarar que un referéndum en España no es vinculante, por lo que se podría decir que el Parlamento no sólo representa sino que a veces sustituye al pueblo, pudiendo imponer su voluntad sobre la del pueblo en un momento concreto.
De este modo, el líder del partido que gana (por mucho o por poco) goza durante 4 años del poder absoluto, irrevocable, puede vulnerar la Constitución sin castigo, tener en el Congreso y en todo lo demás gente fiel y servil, y hacer en definitiva lo que quiera sin que el pueblo lo pueda castigar. Pasados 4 años, puedes no votar al partido anterior y votar a otro, pero éste puede hacer lo mismo; es más, desde el poder, el presidente puede suprimir las elecciones para siempre (o hacer que se celebren cada 50 años) y sería “constitucional” si el TC lo avalase.
Espero que mis palabras hagan reflexionar, no tengo intención de desprestigiar a España ni que nos flagelemos en vano. Mi intención real es la de llamar a todos a unir fuerzas para mejorar nuestra democracia y nuestra nación. Porque existe solución a todo esto, pero para ponerla en práctica será necesario obtener mayoría (tal vez absoluta) en el Congreso, visto cómo está el actual panorama político.


