Kafka y el súbdito más distante del poder

Dentro del relato sobre ‘la edificación de la muralla china’ me encuentro de buenas a primeras con una parábola que sólo ocupa un párrafo. Kafka la expone después de escribir que los cortesanos del emperador son ‘maldad y hostilidad disfrazadas de amigos y servidores; el contrapeso del poder[…]. El Imperio es eterno, pero el Emperador vacila y se tambalea; dinastías enteras se derrumban y mueren en un solo estertor’. Es por esto que nos podemos imaginar a un emperador moribundo que tiene que dar un último mensaje y que no puede confiar en ninguno de los cortesanos que lo miran compungidos mientras se frotan las manos. ¿A quién se lo dará? Kafka responde:

“El emperador -así dicen- te ha enviado a ti, el solitario, el más miserable de sus súbditos, la sombra que ha huido a la más distante lejanía, microscópica ante el sol imperial; justamente a ti, el emperador te ha enviado un mensaje desde su lecho de muerte. Hizo arrodillar al mensajero junto a su cama y le susurró el mensaje al oído; tan importante le parecía que se lo hizo repetir. Asintiendo con la cabeza, corroboró la exactitud de la repetición. Y ante la muchedumbre reunida para contemplar su muerte -todas las paredes que interceptaban la vista habían sido derribadas, y sobre la amplia y alta curva de la gran escalinata formaban un círculo los grandes del Imperio-, ante todos, ordenó al mensajero que partiera. El mensajero partió en el acto; el hombre robusto e incansable; extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la multitud: cuando encuentra un obstáculo, se señala sobre el pecho el signo del sol; adelanta mucho más fácil que ningún otro. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son infinitos. Si ante él se abriera el campo libre, como volaría, qué pronto oirías el glorioso sonido de sus puños contra tu puerta. Pero, en cambio, qué vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras del palacio central; no acabará de atravesarlas nunca; y si terminara, no habría adelantado mucho; todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras; y si lo consiguiera, no habría adelantado mucho; tendría que cruzar los patios: y después de los patios el segundo palacio circundante; y nuevamente las escaleras y los patios; y nuevamente un palacio: y así durante miles de años; y cuando finalmente atravesara la última puerta -pero esto nunca, nunca podría suceder- todavía le faltaría cruzar la capital, el centro del mundo, donde su escoria se amontona prodigiosamente. Nadie podría abrirse paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Pero tú te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche.”

La calidad literaria está fuera de toda duda, cómo no pensar en ese mensajero señalando el signo del sol, pidiendo respeto y espacio para continuar su camino sin abrir la boca, ante unos cortesanos que se mueren de rabia porque el mensaje, ¿ser el futuro emperador quizás?, no es para ellos. Cómo no pensar en ese camino interminable de escaleras, plazas, patios, palacios y gentío, ese mundo inabarcable. ¿Y qué me decís del cierre? ‘Pero tú [que bien podrías ser el nuevo emperador] te sientas junto a tu ventana, y te lo imaginas cuando cae la noche’. ¿Podría sentarse el emperador junto a su ventana, cualquier noche, sin tener metida la nariz de algún adulador venenoso en cualquier parte, sin tener una multitud de ojos clavados en la nuca? Por eso el final sería el mismo si Kafka nos dijera: ‘Pero tú eres libre’.

Me vienen un par de cosas leyendo este relato. Lo poco que nos podemos fiar de los aduladores, acabarán tirando las paredes para vernos morir. Es mejor, sin duda alguna, confiarle un secreto a un hombre libre. También nos habla sobre la lejanía que existe entre los que gobiernan y su pueblo. En este sentido Kafka hace un diagnóstico prematuro de nuestros días: es pisar moqueta, enchufarse la corbata y subirse al coche oficial, sentirse emperador auténtico, y ver a los ciudadanos como sombras que han huido a la más distante lejanía, microscópicas ante el sol imperial.

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Publicado el 08/04/2012 en Cajón de Sastre, Literatura, Regeneración democrática y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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