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Voto inútil

Se habla a menudo de la utilidad de un voto. Que si un solo voto no vale nada, que si vale más un voto que otro al aplicar la ley electoral, que si es preferible votar a quien mejor te representa antes que a quien más posibilidades tiene de obtener escaño…

No es mi intención posicionarme ahora sobre qué votos son útiles, sino señalar un tipo frecuente de voto completamente inútil.

Históricamente, una gran cantidad de electores ha dado su voto a uno de los grandes partidos —a nivel nacional, regional o local— para evitar que gobernara el otro. No obstante, en ocasiones algún partido pequeño logra convencer a suficiente gente del error que supone formar parte de las fuerzas que balancean el péndulo de izquierda a derecha en la única dirección permitida sin pensar en frenarlo ni alterar en nada su movimiento.
Se logra así que la gente comprenda el valor de la pequeña bisagra, que completa la puerta y puede hacer que toda ella gire en el sentido deseado.

Pero, cuando esto ocurre y aparece ese pequeño partido en un parlamento fragmentado donde nadie goza de una mayoría suficiente, puede ocurrir que no esté a la altura de su particular victoria y caiga en el mismo error que había recriminado a sus potenciales votantes en elecciones anteriores. Es decir, puede ser que apoyen a uno de los grandes partidos para evitar a toda costa que gobierne el otro, sin pedir nada a cambio. Esto supone transferir todos los votos del pequeño al grande, convirtiendo el voto de sus electores en inútil, como si realmente estos hubieran otorgado en las elecciones un cheque en blanco a un gran partido  movidos por el rechazo hacia el otro.

Lo normal en un partido pequeño es que trate de rentabilizar sus pocos escaños, vendiendo caro su apoyo en cuestiones que no entren en contradicción con su programa a cambio de los puntos fundamentales del mismo. Se puede discutir hasta dónde puede llegar la exigencia de un partido: si debe poner un precio mínimo en la subasta y abstenerse si nadie lo paga o, por el contrario, abrir las pujas sin mínimo alguno para apoyar al mejor postor (aquél que acate un trozo mayor del programa, en cantidad o importancia).

Lo que no se puede discutir es que para que una subasta funcione y se obtenga el mejor precio posible es necesario que haya más de un postor. Es decir, el partido “bisagra” no puede anunciar de antemano que dará su apoyo a un partido concreto —excluyendo cualquier otra posibilidad— porque entonces no habrá competencia y éste no tendrá la necesidad de ofrecer nada.

Por eso mismo esta actuación convierte los votos recibidos en inútiles e indistinguibles de aquellos otorgados directamente al mayoritario al que se ayuda (puede que incluso, por efecto de la ley electoral, hubiera sido más útil para los votantes haber apoyado directamente a ese partido en vez de dividir sus votos). Y además de ser inútil esta conducta es injusta. No sólo se apoya gratuitamente a un partido, sino que se rechaza todo lo que otro ofrezca por mucho que esto sea o se rechaza una abstención en igualdad de condiciones —que los demás tampoco ofrezcan nada.

Creo que nadie dudará de que conformarse con lo que el gobernante quiera darte, después de asegurarle la presidencia y apoyo estable, no es una sagaz negociación sino una ridícula mendicidad. Es como si el panadero regalara el pan y luego aceptase “la voluntad”, en vez de establecer un precio suficiente de antemano. Y si hablamos de un bien escaso, como sin duda lo es el apoyo del único partido que puede hacer que gobierne uno u otro, la forma más “lucrativa” de negociación es la subasta.

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¿Cómo sofocar la violencia?

Aunque parezca una pregunta filosófica y abstracta no lo es, es una pregunta sobre una situación muy concreta que hemos visto demasiadas veces: la violencia entre el gobierno y el pueblo.

Cuando se produce un foco de violencia en un estado democrático y con un respeto casi total hacia los más esenciales derechos humanos, no suele haber mucha duda, la solución es que el estado de derecho restablezca la paz con la participación de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. Es decir, traducido a lenguaje vulgar, el gobierno envía a la policía a enfrentarse a los delincuentes y los neutraliza aplicando su fuerza contra la de éstos.

La duda aparece cuando el estado es quien inicia una sucesión de acciones violentas inaceptables (disparar a manifestantes, bombardear ciudades, torturar detenidos, rematar heridos…).

En semejante caso, ¿qué debemos hacer los demás, que observamos desde fuera, para detener la barbarie? ¿Debemos enviar a nuestros ejércitos nacionales a combatir al estado opresor? ¿Debemos dejar de mirar? ¿Debemos interrumpir nuestro comercio con semejante estado? ¿Debemos impedir cualquier tipo de comercio del estado que lesiona los derechos humanos con terceros bloqueando sus fronteras?

La solución más ingenua para evitar estas situaciones en el futuro consiste en crear un ejército mundial, al servicio de algún ente global que decida sobre estas cuestiones y se enfrente a los agresores. Lo más parecido ahora mismo es la ONU, que vela por la “paz internacional” o status quo, una organización poco democrática tanto en su composición (incluye dictaduras) como en su funcionamiento (para tomar cualquier decisión hay que vencer los vetos de 5 naciones, entre ellas una dictadura clara y una democracia dudosa). Por tanto, la creación de un ejército mundial es una propuesta ingenua porque jamás podrá crearse un ente global que vele por los derechos humanos, debido a que las dictaduras no se unirían nunca a este proyecto que podría derrocarlas. Es decir, deberían desaparecer primero las dictaduras para que pueda haber una organización global que vele por la democracia, la libertad y los derechos humanos en general.

Una alternativa a esta Organización de Naciones Unidas sería la formación de un grupo internacional, pero no global, de democracias a partir de la unión de OTAN, ANZUS, OTASE… que tuviera un funcionamiento más justo y cabal sustituyendo el veto por mayoría reforzada. Ésta era una de las propuestas de John McCain, candidato republicano a la presidencia de EEUU, enterrada tras su derrota en las elecciones. Se entiende que esta organización se autoproclamaría legítima para decidir la intervención militar en cualquier estado al aglutinar a todos los países del mundo en los que la soberanía reside en el pueblo e ignorar aquéllos en los que la soberanía reside en el dictador.

Sin embargo y hasta que esto ocurra, ¿cómo resolvemos la violencia en, por ejemplo, Siria? Mi opinión es que todos deben enviar tropas siempre que sea posible a defender al pueblo que está siendo literalmente masacrado por su dictador, pero sé que mi postura no es aceptada por todos.

¿No habéis oído a la gente quejarse de que no se hace nada por impedir la violencia? ¿Y no habéis oído también a la gente maldecir a las naciones que combaten las dictaduras? Yo he oído lo primero en el caso sirio y ruandés, lo segundo en el caso irakí y vietnamita, e incluso lo primero durante un tiempo y lo segundo despues, en el caso de Libia y Bosnia. No comprendo por qué se critica a algunas naciones por no intervenir y también por intervenir, como si no hubiera opción válida.

En lo único en que todos estamos de acuerdo es en que no se debe comerciar con regímenes que lesionen los derechos humanos, sobre todo si lo hace de forma ascendente. Pero, ¿podemos bloquear las fronteras para que no se pueda comerciar con gente menos humanitaria? ¿Podemos hacerlo aún si la ONU no está de acuerdo debido a los vetos de Rusia y/o China? ¿Podemos entrar en casa del vecino para que éste deje de pegar a sus hijos? ¿O debemos limitarnos a observar?

Cada uno responderá como quiera a estas preguntas, en base a su propia ética, lo único que pido es que la elección sea coherente.

Primarias ‘republicanas’ en USA

Como muchos sabéis, el Partido Republicano celebra este año sus primarias para elegir al candidato que se batirá con Barack Obama en Noviembre. En el Partido Demócrata, el otro gran partido en un país esencialmente bipartidista, nadie discute que el actual Presidente se presentará a la reelección.

Dada la composición federal de los Estados Unidos, cada estado cuenta con una cantidad de delegados que reparten entre los candidatos, ya sea otorgándoselos todos al ganador, repartiéndolos por distritos o de forma más o menos proporcional a los votos obtenidos en el estado.

A estas alturas sólo quedan 4 candidatos: Ron Paul, Mitt Romney, Newt Gingrich y Rick Santorum; tras la renuncia de Rick Perry, Jon Huntsman, Michele Bachmann y algunos candidatos que no llegaron a presentarse.

Mitt Romney es el candidato de la moderación, una especie de John McCain renovado. Es el que más opciones tiene de vencer a un Obama que para muchos se ha convertido en socialista y derrochador. Ha obtenido un gran resultado en la conservadora Iowa y un holgado primer puesto en New Hampshire, pero ha tenido problemas en Carolina del Sur.

Rick Santorum es el candidato más conservador, lo cual le impide poder ganar pese al apoyo de la Iglesia Evángelica. Su única victoria ocurrió en el estado de Iowa, tras desaparecer las urnas de varios colegios electorales, en que pasó de perder por 8 votos contra Romney a ganar por 34. En los demás estados no ha logrado ningún delegado.

Newt Gingrich es el conservador carismático, con más labia que Santorum, ha presidido el congreso (Casa de los Representantes) desde el que ejerció una feroz oposición contra Bill Clinton. Ha logrado poco a poco convencer a los conservadores de que él es el único candidato conservador con opciones, es católico (recientemente convertido desde el luteranismo) y le ha valido el primer puesto en la conservadora Carolina del Sur, superando al mormón Romney.

Ron Paul juega en otra división completamente diferente. Sabe que no podrá ganar las primarias, pero aspira a lograr tantos delegados como le sea posible, a fin de llevar al candidato que los necesite hacia posiciones libertarias (liberalismo económico extremo) y antiestatistas (anarquistas). Es claramente repudiado por los demócratas, salvo por su idea de no intervención en la política extranjera, muy en línea con su idea de no usar el ejército y lograr la paulatina desaparición del Estado.

Tras la victoria de Romney en Florida, el cuarto estado que ha celebrado primarias hasta la fecha y el que más delegados ha entregado (50 para el ganador), todo parece indicar que es el favorito en estas primarias y que sólo está en cuestión el tiempo que tardará en ganarlas; es decir, lo que tardará en hacerse con la mitad de los 2286 delegados.

Grados de democracia

Hace un mes celebramos el día de la vigente Constitución Española, la norma más importante de nuestra democracia. Pero al mismo tiempo que celebramos la democracia, debemos recordar que existen grados de la misma, y no estamos en el más elevado. Es una triste realidad que hay que admitir, pues nos faltan dos cosas mínimas: separación de poderes y poder último del pueblo sobre cualquier líder. No está reñida la autocrítica con disfrutar lo que se tiene.

[Excluiré de mi análisis al jefe de Estado, ya que en España su figura carece de poder y tiene un carácter meramente representativo]

Existe un parlamento que ejerce el Poder Legislativo. Este órgano se divide en Congreso y Senado, aunque hay que aclarar que quien lleva la iniciativa y el peso de la legislación es el Congreso, mientras que el Senado se limita a vetar o enmendar las leyes —aunque con escaso poder, ya que necesita mayoría absoluta, y con esa misma mayoría el Congreso levanta el veto o veta a su vez cualquier enmienda hecha por el Senado.

En este punto habrá quien diga que no siempre hay mayoría absoluta. Pues se equivoca, siempre la hay: si no la logra un solo partido, la logra una coalición o de lo contrario no se puede generar gobierno. Hasta la fecha, la experiencia nos dice que la segunda opción es aún peor, ya que además de gobernar a su manera, el partido mayoritario paga un “peaje” a los partidos bisagra que completan la coalición.

Por todo lo dicho hasta ahora argumento que, en la práctica, únicamente el Congreso ejerce el Poder Legislativo.

Además, debido a la disciplina de voto y al funcionamiento interno poco democrático de los partidos políticos, acaba siendo el líder del partido (o a lo sumo la junta directiva del mismo) quien controla las acciones de sus miembros en la cámara y por ello pasa a ser una o pocas personas quienes hacen uso del Poder Legislativo, más que la cámara en sí.

El presidente del gobierno es elegido y depuesto por el Congreso y ejerce el Poder Ejecutivo. Por tanto el Congreso también ocupa el Poder Ejecutivo.

El Fiscal General del Estado es nombrado y depuesto por el Gobierno, a placer.

El Defensor del Pueblo es nombrado por el Congreso.

El Consejo General del Poder Judicial consta de 21 miembros, elegidos 10 por el Congreso, 10 por el Senado y el que falta es elegido por el propio Consejo de entre los jueces del Tribunal Supremo que pasa a presidir ambas instancias.

Por último, el Tribunal Constitucional —auténtico tribunal Supremo, pues cualquier decisión del Supremo se puede apelar ante el TC, si a este último le parece oportuno— consta de 12 miembros elegidos de este modo: 4 los nombra el Congreso, 4 el Senado, 2 el Gobierno y 2 el CGPJ (que ya hemos dicho que estaba politizado).

Obsérvese que no queda ni una sola de las “sagradas instituciones” que no esté a las órdenes del Parlamento (o haya sido nombrada por éste), y especialmente del Congreso. Si bien es verdad que en los nombramientos que realizan el Congreso y el Senado se necesitan hasta 3/5 de la cámara (60%).

Ahora trataré el segundo tema: que los gobernantes no tienen plena legitimidad y, en cuanto son elegidos, pueden hacer prácticamente lo que sea.

Ya hemos hablado del TC, y la consecuencia de que esté completamente politizado es que el presidente, los diputados de su partido (que están a sus órdenes) o algún otro poderoso personaje podría saltarse la Constitución cuando quisiera, porque la palabra de ese tribunal es inapelable y aunque te declare culpable no te puede condenar a nada (no hay penas por violar la Constitución si otras leyes menores no la fijan). Por supuesto, estoy poniendo un caso extremo de corrupción masiva, hasta el punto de que se decida legalizar el robo de las arcas públicas, por ejemplo.

El Congreso, que tiene (casi) todo el poder es elegido de un modo peculiar que tiene dos problemas:

1. No hay proporcionalidad: algunos pueden obtener más escaños que otros, con menos votos.

2. No eliges a candidatos concretos dentro de un partido, sino a una lista bloqueada.

De este modo el líder del partido que tenga mayoría absoluta en el Congreso, con o sin pactos, tiene el poder absoluto, no por ser presidente del gobierno, sino por dirigir el partido mayoritario en la cámara, como ya he señalado antes.

Añado ahora que, según la Constitución Española de 1978, si se recoge 1 millón de firmas el Congreso discute si se celebra o no un referéndum, y en qué términos lo celebra, de lo que se pedía con las firmas, aunque de entrada no se puede pedir referéndum para reformar la Constitución, ni un estatuto, ley orgánica… Es decir, nada de lo importante. Por otro lado, aclarar que un referéndum en España no es vinculante, por lo que se podría decir que el Parlamento no sólo representa sino que a veces sustituye al pueblo, pudiendo imponer su voluntad sobre la del pueblo en un momento concreto.

De este modo, el líder del partido que gana (por mucho o por poco) goza durante 4 años del poder absoluto, irrevocable, puede vulnerar la Constitución sin castigo, tener en el Congreso y en todo lo demás gente fiel y servil, y hacer en definitiva lo que quiera sin que el pueblo lo pueda castigar. Pasados 4 años, puedes no votar al partido anterior y votar a otro, pero éste puede hacer lo mismo; es más, desde el poder, el presidente puede suprimir las elecciones para siempre (o hacer que se celebren cada 50 años) y sería “constitucional” si el TC lo avalase.

Espero que mis palabras hagan reflexionar, no tengo intención de desprestigiar a España ni que nos flagelemos en vano. Mi intención real es la de llamar a todos a unir fuerzas para mejorar nuestra democracia y nuestra nación. Porque existe solución a todo esto, pero para ponerla en práctica será necesario obtener mayoría (tal vez absoluta) en el Congreso, visto cómo está el actual panorama político.