Archivo del sitio

Abstención: la legitimación por omisión

Últimamente leo a mucha gente decir aquello de que las encuestas vaticinan una altísima abstención, que, por otra parte, ya fue alta en 2011, y que esto “por fin” deslegitimaría a la clase dirigente. Y yo les miro con escepticismo y me pregunto: ¿por qué una alta abstención -digamos, incluso, de un 90%- tiene por qué deslegitimarles? Pongo en duda que deslegitimar a un gobierno vaya a traer mejoras democráticas porque el PP, por ejemplo, ha cometido la máxima deslegitimación al saltarse a la torera todo su programa -y si hasta en Intereconomía lo dijeron…- y ya vemos que esa deslegitimación ni mucho menos les ha impedido seguir actuando con plenos poderes y total descaro. Resulta evidente que la legitimidad, en el sentido de un apoyo de la ciudadanía a sus actuaciones, a nuestros gobernantes poco o nada les ha venido importando, principalmente porque no hemos hecho que les importe traicionarnos, no ha habido verdaderas represalias políticas, sino turnismo puro y duro. Así que pongo en duda la utilidad de tirar nuestra principal baza de cambiar las cosas de forma pacífica, el voto, a la basura, tratando de conseguir una deslegitimación que no les hace ninguna mella. Al fin y al cabo, creer que con la deslegitimación por abstencionismo vendrá una mejor política es creer que causaría sonrojo a alguno de nuestros gobernantes el ponerlos frente a sus actos mezquinos; ¡pero si a ojos vista carecen de vergüenza alguna!

Lo dicho, no sólo no creo que deslegitimarles sirva de nada sino que, además, ni siquiera estoy de acuerdo con que el abstencionismo sirva para restar legitimidad al gobierno de turno. El abstencionismo no les deslegitima; en todo caso, no les da legitimad, lo cual es un matiz fundamental. No es lo mismo no apoyar que estar en contra, y es que la abstención es simplemente eso: no apoyar, pero no la manifestación de una oposición a las políticas llevadas a cabo y una falta de confianza en las alternativas políticas. Eso, en todo caso, lo sería el voto en blanco, que desde aquí invitaría a utilizar a todo aquel que pretenda un voto de castigo general, si no fuera porque la clase dirigente ha regulado un voto en blanco que, de facto, supone una abstención, ya que no resta representación a los partidos políticos, como propone, por cierto, Escaños en Blanco.

Alguno me dirá que me equivoco, y que la abstención sí puede significar “estoy en contra de todos los políticos”, porque hay gente que se abstiene de votar con esa intención. Le respondería que en el fuero interno del abstencionista puede hacerlo por lo que crea oportuno, ¡como si cree que una alta abstención traerá la paz mundial! Pero que a la hora de medir una conducta hay que atender a sus efectos previsibles y desde ahí interpretar si la acción es o no coherente con los objetivos. Y los efectos evidentes de la abstención son los siguientes: que el abstencionista crítico no participa en la elección de representantes, sino que deja que los demás los escojan. De esta manera, del conjunto de votantes se resta un crítico y se mantiene el mismo número de “conformistas”, de personas que están de acuerdo con los partidos y las políticas actuales. Es decir, la abstención facilita que las cosas sigan como están. ¿Es esto coherente con esa voluntad de cambio, con ese desacuerdo con lo actual? Evidentemente no. Abstenerse para cambiar las cosas es un error que sólo se comprende debido a la manipulación y a la falta de educación política que nuestros dirigentes han propiciado.

Debe entenderse que la abstención no es otra cosa que una omisión de decidir participar en la elección de representantes. Una suerte de “yo no elijo, así que, que elijan los demás por mí” porque, lo hagamos con la intención con que lo hagamos, ése es su efecto evidente, ya que no afecta al número de representantes que se escogen -es decir, aunque se abstenga el 50% de la población, el otro 50% elige, con sus votos, tantos representantes como si hubiera votado el 100%-. Si toleras que los demás escojan a los representantes del pueblo eres un responsable (indirecto, por supuesto) de a quién decidan escoger. Si estás en desacuerdo con lo que votan la mayoría de los actuales votantes, ¿qué sentido tiene que les des derecho a decidir por ti para que voten aquello a lo que te opones? Ésta es la paradoja del abstencionista crítico: que está en desacuerdo con lo que es votado por la mayoría y, sin embargo, da a esta mayoría, por omisión, capacidad de elegir por él.

¿A alguno se os ocurre que el colectivo homosexual se abstuviera en un referéndum sobre matrimonio homosexual a sabiendas de que dejarían la decisión en manos de los demás, entre los que se encuentran los homófobos? Pues esto mismo, sin darse cuenta de ello, hacen los abstencionistas cuando dejan la decisión en manos de los apesebrados y de los votantes que sostienen el sistema turnista español.

En definitiva, el abstencionista no dice con su voto “no me gusta ningún candidato” sino que, precisamente, no dice nada. Eso es la abstención: omitir la elección de una alternativa. Y si no se escoge ninguna alternativa, ¿no se legitima lo que ya hay?  ¿No es evidente esta legitimación por omisión?

Dicho todo esto sobre la abstención nos quedan dos opciones críticas: el voto minoritario o el voto en blanco; las dos, a priori, igual de válidas. Como resulta evidente que los dos pilares del bipartidismo se han ganado la retirada de nuestros votos de por vida ni haré hincapié en ello, sino que pasaré a estudiar estas dos alternativas. Lo primero es: ¿Hemos analizado todos los partidos que se presentan? Está bien que el abstencionista no crea que IU o UPyD son dignos de ser votados por una causa u otra pero, ¿conocen las propuestas y alternativas de toda la lista de partidos políticos que aún no han tenido representación política?

Votar a un partido que no tiene representación, para algunos, no tiene sentido porque es un voto “tirado”, ya que no se manifiesta en representación. Respondo: ¿Acaso la abstención o el voto en blanco se manifiestan en alguna representación? La respuesta es no con lo que, como mínimo, no es argumento para distinguir entre estas tres opciones.  Sus ventajas respecto de la abstención o el voto nulo son evidentes, incluso cuando no se traduce el voto en representación: es un voto de castigo claro que, además, permite saber qué opción ha elegido el votante crítico -por ejemplo, una enorme subida de PACMA no enviaría, ni mucho menos, el mismo mensaje que una subida hipotética de España 2000- y por tanto, permite que se manifieste la posición del votante. Pero, además, da fuerzas a estos partidos pequeños y motivación para continuar su labor política, lo cual es muy importante para el debate político, las nuevas ideas, impulsando el pluralismo político. Se me ocurren otras ventajas, pero son más subjetivas y discutibles, con lo cual las dejaré en el tintero.

Como comentario diré que si los abstencionistas críticos votaran habría muchos cambios en el panorama político español. Considerad que los abstencionistas actuales, mediante su voto, podrían cambiar España tan profundamente que si todos ellos decidieran votar en 2015 a un partido cualquiera que actualmente no tuviera representación podrían convertirlo en el partido en el gobierno. ¡Si eso no es tener poder para cambiar las cosas! Aun suponiendo que su voto se dividiera entre 4 o 5 candidaturas podrían sacar adelante 4 o 5 grupos parlamentarios con cierta facilidad.

Pasando a analizar el voto en blanco hay que decir que éste, por desgracia, en España no sirve para lo que debería: El voto en blanco se contabiliza como voto, con lo que, al aumentar el número de votos, se aumenta la barrera electoral de entrada, ya que se mide sobre porcentaje de votos. Por tanto, facilita que los partidos grandes reciban aún más representación y, aun cuando hubiera un 30% de voto en blanco, los escaños que corresponderían a estos votos no quedan vacíos, con lo cual igualmente se sienta en ellos un político de esos contra los que el voto en blanco crítico se dirige.

Ésta es una evidente trampa de nuestro sistema electoral; otra más, ya que el PP y el PSOE han creado un sistema hecho por y para ellos como partidos mayoritarios. Por suerte hay una manera de saltar este problema, que es votar a un partido que se compromete a dejar los escaños vacíos y no cobrar, que es lo más parecido a lo que debería suceder cuando hay bastantes votos en blanco como para que alcancen los necesarios para que les correspondan escaños. Este partido es Escaños en Blanco.

Por tanto, si te planteas la abstención, te rogaría, tras leer esto, que lo reconsideres y que optes por votar a un partido cercano a tus ideas. Sé que ponerse a ojear programas de minoritarios requiere cierto esfuerzo pero, ¡es tu mejor oportunidad de manifestar en qué crees! y, sólo si no encuentras ninguno que te agrade, te decidas por ejercer un voto en blanco crítico, evitando la trampa del voto en blanco ordinario, acudiendo al voto a Escaños en Blanco.

Anuncios

La abstención no es negativa

Normalmente cuando se dan los resultados de unas elecciones se habla sobre el dato de la participación. Se comenta si es alta, si es baja, su variación respecto a otros años, etc. No obstante, lo más común es que en caso de que la participación sea considerada baja siempre se suele tomar como un dato negativo.

Y yo me pregunto, ¿por qué? ¿Debemos fomentar una participación alta del electorado aunque haya mucha gente que no tenga ni idea de lo que está votando? El dato de participación debería ser tomado como un dato aséptico, ni positivo ni negativo. En unas elecciones, ya no sólo me refiero a elecciones políticas, se debe ejercer el derecho al voto con responsabilidad. Antes que nada uno se debe informar de qué es lo que se está votando. Una vez informado al respecto, se deben conocer y valorar las diversas opciones que se ofrecen. Y si no se está dispuesto a hacer el esfuerzo de informarse, lo mejor es abstenerse. De acuerdo, puede que usted, que está leyendo este artículo, sí que cumpla las condiciones para un voto responsable, pero es que este texto va dirigido principalmente a un sector de población que seguramente jamás se topará con este escrito.

No quiero que se tome esto como una crítica hacia aquellas personas que no están interesadas en la política. Nada más lejos de la realidad. Considero que es una actitud completamente lícita. Cada uno tiene sus intereses personales y nadie tiene el derecho de entrometerse en ellos.

Para ilustrar mi posición, me gustaría poner un ejemplo. Imaginemos que estamos en una comida familiar y se decide cocinar una tarta de manzana. En la reunión tenemos a la abuela Encarni (ama de casa), a su marido Facundo (obrero jubilado), al hijo Pepe (chef de cocina), al hijo Manolo (ingeniero aeronáutico), a la hija María (jueza), al nieto Javier (estudiante de medicina), a la nieta Mónica (secretaria) y al vecino de enfrente Chen (dueño de un bazar). Ahora se dice que hay que decidir por votación la cantidad de ingredientes que hay que comprar. Normalmente no se haría así, pero es simplemente para ilustrar el ejemplo. Encarni y Pepe tienen conocimientos avanzados de cocina, Javier y Chen tienen conocimientos medios, y el resto no tienen ni idea de cómo hacer una tarta de manzana. Lo lógico sería que votasen Encarni, Pepe, Javier y Chen, y los demás se abstuvieran. ¿No es así?

En política lo que se promueve y lo que se fomenta es que Facundo, Manolo, María y Mónica, que no tienen ni idea de hacer tartas de manzana, decidan al respecto de la elaboración de ésta. Y no, no estoy sugiriendo que haya que cercenar el derecho de voto de estas personas, simplemente defiendo que no hay que promover que la gente vote, lo que hay que promover es que la gente se interese por la política y se informe al respecto. En lugar de gastar el dinero que se gasta en campañas institucionales en tiempos de elecciones fomentando la participación, se debería invertir en hacer llegar la política al ciudadano, en hacerles a éstos participes de ella, y en conseguir que la política cree un interés genuino en estas personas.

¿Cuántos de los que votaron en las últimas elecciones sabrían nombrar cinco partidos políticos dando una pequeña descripción de cada uno de ellos? Podríamos discutir sobre las estimaciones que daríamos, pero creo que en lo que coincidiríamos una mayoría de nosotros es que no sería un porcentaje muy elevado. ¿A quién le interesa que esta gente siga votando? A los mismos que han convertido las campañas electorales en meros productos de márketing. Aquéllos que pueden permitir pagarse enormes campañas con el dinero público de las subvenciones. Es la pescadilla que se muerde la cola, tengo mucha representación porque consigo muchos votos en las urnas, y consigo muchos votos en las urnas porque tengo mucha representación y por consiguiente me he podido pagar una fastuosa campaña de publicidad.

Algunos contraargumentarán al respecto que si hay poca participación la legitimidad de los resultados no sería la misma. Ese argumento es fácilmente desmontable con esta pregunta. ¿Quién tiene más legitimidad, aquél que ha ganado unas elecciones con el 20% de participación pero todos ellos sabían muy bien lo que estaban votando o el que las ha ganado con un 60%, de los que un gran porcentaje ha votado a unas siglas simplemente porque es lo que ha visto en los medios de comunicación y en las vallas publicitarias? Yo diría incluso que los segundos han corrompido el espíritu de la votación.

En conclusión, hace falta sentido común y humildad entre la gente. La humildad necesaria para admitir que si no tienes los conocimientos suficientes al respecto de un campo lo mejor es tener el sentido común y la responsabilidad de saber inhibirse uno mismo por propia voluntad. Porque si no la tarta de manzana tendremos que tirarla a la basura.

PD: Si alguien opina que esta entrada es contradictoria con el último artículo que publiqué en Vía Magenta, por favor, que se relea todo desde el principio porque significaría que no ha entendido nada.